Anoche en el cine, te besé, me besaste, nos besamos, tu lengua inquieta como siempre, jugueteando con la mía; mi humedad me delataba, mi mirada en la oscuridad te hablaba de ella; subí mis piernas en las tuyas, sentí tu mano subir hasta mi sexo, que te ansiaba, que se derretía por sentirte; sentí tus dedos dentro de mí, sentí el corrientazo que bajaba por mi espalda, y comencé a controlar mis ganas de subirme y encaramarme en ti, abrazarte con mis piernas y que me atravesaras con tu sexo.  Hasta que tu me tomaste con fuerza de la cintura y me acomodaste para hacerme tuya.

El mundo se detuvo, la gente se volvió invisible, a pesar de lo que me gusta que me miren y tú lo sabes.  (Por eso tal vez me preocupo poco por cerrar la persiana  o la cortina, sabes que si el vecino nos pilla mientras jugamos con nuestros cuerpos, no me importa...)

Apoye cada pierna en el brazo de la silla del cine, mi espalda en el espaldar de la silla de adelante y me abrí para ti, me tomaste de la cintura y me levantaste para luego ensartar tu lanza en mi y hacerme gemir de placer, mi piel se erizó totalmente al sentir tu lengua en mi ombligo y al ver como mis pezones te apuntan pidiendo a gritos que los lamieras.

Tú te mordiste los labios y me miraste con ganas, se te hacía agua la boca al sentir lentamente como entrabas en mi, al poseerme y sentir mi calor.

Enredé mis manos en tu pelo, arañé tu espalda y miré tu gesto de placer, tus tímidos gemidos, diferentes a los míos que no tienen pena, ni calculan el volumen, con tu voz entrecortada me dijiste que estabas a punto de estallar, mientras yo, me sumergía totalmente en mis ganas de sentir tu explosión y abrazarte mientras recibía toda tu energía.